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Poetas
jóvenes españoles
MARTÍN
LÓPEZ-VEGA
Martín
López-Vega (Llanes, Asturias, 1975). Licenciado en Filosofía y Letras,
ha gozado de la beca de literatura Valle-Inclán en la Academia Española
de Bellas Artes de Roma. Ha publicado, además de algunos títulos en asturiano,
tres libros de poemas en castellano: Objetos robados (Servicio de publicaciones
del Principado de Asturias, Oviedo, 1994), Travesías (Renacimiento, Sevilla,
1996) y La emboscada (DVD, Barcelona, 1999). Es autor también de un libro
de traducciones de diferentes poetas, Equipaje de mano (Acuarela, Madrid,
2000) y de dos de prosa miscelánea, Cartas portuguesas (Llibros del Pexe,
Gijón, 1997) y Los desvanes del mundo (Llibros del Pexe, Gijón, 1999).
Su poesía ha sido incluida, entre otras, en las antologías Selección nacional.
Última poesía española (1995) y La generación del 99 (1999) de José Luis
García Martín, y Poesia Espanhola de Agora (1997), de Joaquim Manuel Magalhaes.
En la actualidad es redactor y crítico de "El Cultural" del diario El
Mundo y dirige la revista de poesía joven Reloj de arena.
Poemas
de
Martín
López-Vega
1
LUZ DE INVIERNO
EN EL GIANICOLO
A
José Muñoz Millanes
Estropeó todas
las fotografías, aquella luz de invierno
sobre los árboles del Gianicolo: demasiado intensa
como para quedar bien fijada. Lo mismo ocurre con los momentos
en exceso felices: la memoria no consigue después
interpretarlos adecuadamente, otorgarles la luminosidad precisa.
Quedan en la fotografía cosas que no están en ella:
los racimos de muchachas americanas camino de algún bar,
el cañonazo de las doce en homenaje a Garibaldi,
mis manos, dos partes de mi cuerpo que no me agradan
-sus dedos como ramas de un árbol demasiado cansado
de buscar en vano la ternura.
Queda esa luz que acaricia el lomo
de los días y que niega al recuerdo de aquella colina
esa intuición misteriosa:
Allí es imposible
preveer el olor que rodeará nuestras sepulturas.
2
COGIENDO MORAS
EN POO DE LLANES
A
Hilario Barrero
Era todo un
ritual
la recogida de moras;
escoger las más maduras
-un negro presagio.
Y había siempre una voz
que avisaba a las manos infantiles:
No cojáis las que crecen
al lado de la carretera.
Los rostros más dulces del amor
me han recordado siempre
a la misma niña que busca la forma de las nubes
con la boca sucia de moras.
Esas moras son para mí la cifra de la infancia,
que es el verano inconsciente de la vida.
Cuando no hemos salido apenas al mundo
todo es sorpresa y descubrimiento y nada duele.
Hace tiempo que no cojo moras
en los caminos ni al lado de la carretera.
Han desaparecido las frutas,
y cuanto nos rodea no son sino arbustos.
3
NIEBLA
Algunas mañanas
cae la niebla sobre la ciudad
y ni siquiera la lluvia se atreve a adentrarse en ella
Hay menos gente por las calles y quienes salen
caminan con prisa como con miedo a algún encuentro
no deseado
Esas mañanas mi balcón da al infinito
y yo siento en el corazón un latido extraño
Un aviso
Como si pudiera esconder la neblina un camino
que me llevase a aquello que yo más amo
4
EL SENTIMIENTO
DE UN OCCIDENTAL (IV)
Aquellos a
los que amé,
no sé qué viento extraño los dispersó por el mundo.
Ignoro
en qué encrucijada habrán encontrado la suerte,
a la orilla de qué río la ternura,
qué cantidad de pasos les quedará en el mundo.
Las caricias que di,
no recuerdo en qué cuerpos de humo se quedaron.
Aquella mujer que tenía un sol tatuado en la pantorrilla,
¿existió o fue el sueño delirante de una ciudad nevada?
Las palabras que dije,
se deshicieron en el aire como un mandala inacabado.
5
SU NOMBRE
Llegamos de
noche: más allá de lo oscuro apenas se oía
el rumor de los últimos pasos y un reguero de agua
cuyo origen ignorábamos. El guardia de las murallas
nos acogió en su casa: En toda la ciudad
no encontrarán mejor hospedaje, dijo.
Nadie esperaba aquellos días un milagro: aunque
lo hubiéramos rogado, no habría acontecido. Creo que
llovió aquella noche. En el cuarto sólo había una ventana
que daba al jardín en penumbra. No vi las gotas
de agua: tan rápido como llegaban del cielo, la tierra
las acogía en su seno. A la mañana siguiente
el suelo estaba seco, pero quedaban en el aire vestigios
de la tormenta. Cambiamos de país, cambiamos de calles
pero nada había cambiado. Fatigamos los cafés de la ciudad
en vano: no había nadie que no hubiese oído tu nombre.
(1, 2, 3, 4
y 5, inéditos)
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